A medio mundo de distancia, los niños lloran. Las aves alzan el vuelo. Los gatos erizan el lomo y escalofríos recorren las espinas dorsales. Porque en unas horas será invocada la infame ceremonia del Barsamadrí y el destino del mundo libre estará en juego. Los ganadores y sus simpatizantes serán loados en honor de multitudes y representarán el ideal de justicia, democracia y bondad, mientras que los perdedores y sus forofos verán sus almas consumidas en el averno mientras su cabeza pende en lo alto de una pica. Y así hasta que la ceremonia del Madribarsa cierre el ciclo de nuevo.
En unas horas los medios de comunicación se encontrarán con que su culo se les hace Coca-Cola con el partido del siglo de este semestre, en una maniobra que comienza a ser cansina, pero que este año tiene una peculiaridad. Resulta que en varias zonas del país no se podrá disfrutar –ay- de tan magno acontecimiento que sólo se da unas 150 veces en la vida. Por eso a nivel privado, institucional y hasta gubernamental se hacen esfuerzos por que las televisiones no priven al vulgo del Barsamadrí.
Si toda esta energía se usara para el bien…
Por cosas así, cuando llega el Barsamadrí o el Madribarsa, que tanto monta monta tanto, y el mundo depende de España, me acuerdo de que Yoichi Takahashi, autor de Captain Tsubasa, es un forofo declarado de la liga española de futbol. Si es de suponer que tomó como referencia los Barsamadrí para sus épicos partidos entre el Nankatsu y el Meiba o el Toho, ¿cómo es que hay tanta diferencia?
En Captain Tsubasa los partidos los narraba un pedazo de profesional que no paraba de comentar las jugadas ni aunque San Pedro bajara del cielo. En la vida real, los comentaristas hubieran pasado la mitad del partido anunciando cervezas y puros y la otra mitad haciendo comentarios del tipo “qué buena estaba la acompañante de Taro Misaki en la fiesta de cumpleaños de Jun Misugi”.
En Captain Tsubasa, Kojiro Hyuga se dedicaba al fútbol porque su familia era tan pobre que pagaba alquiler a las ratas, por lo que llegaba a ser jugador profesional a base de esfuerzo. En la vida real, sin pasta, ni ascendencia pija, ni nacionalidad brasileña no hubiera llegado a profesional ni harto de vino.
En Captain Tsubasa, Tsubasa Ozora llegaba a los partidos importantes hecho una piltrafa. Se rompía la tibia por 3 sitios diferentes y el hígado le iba colgando, pero aún así echaba a correr. En la vida real, tras la primera semana de baja por gripe cobrando la ficha de forma íntegra hubiera descubierto la rentabilidad de la ley del mínimo esfuerzo.
En Captain Tsubasa, Ryuji era el entrañable paquete que se llegaba a meter un gol en propia puerta en uno de los primeros partidos oficiales importantes. Pero sus compañeros le decían que eso le pasa a cualquiera, que pelillos a la mar, jiji, jaja, hala, a correr. En la vida real hubiera sido corrido a gorrazos, tendría que salir del campo con protección policial, le hubieran vilipendiado y marcado a su familia y por último daría comienzo un declive futbolístico que culminaría con su ingreso en el curso CEAC de Experto en Construcción.
En Captain Tsubasa, costaba lo indecible que Tsubasa sentara la cabeza y se echara novia, a pesar de que lo tenía a huevo. En la vida real, con 25 años se habría casado 4 veces y cada cual con una que tuviera mejor delantera que la anterior, por aquello de la deformación profesional.
En Captain Tsubasa el árbitro casi ni salía. En la vida real son los protagonistas absolutos y ya hasta ruedan anuncios.
En Captain Tsubasa, el público no hace más que animar a los jugadores de uno y otro equipo. En la vida real, sus madres sangrarían por los tímpanos.
Así pues… ¿qué partido de la liga española vió Yoichi Takahashi?
Y sobre todo, ¿qué sustancia tomó antes?